martes, julio 18

tristeza.

Siempre le digo a Tomás, concentrate en disfrutar de lo que hay, no en registrar lo que falta. Se lo digo porque creo en eso. Y sin embargo a mí misma estos días no me está saliendo. Estoy silenciosa, apagada, sin música, sin mi habitual energía. De a ratos, incluso, lloro.

El #LibrodeTomás nació de una idea muy chiquita y simple: poner entre dos tapas todo eso hermoso que decía este niño de tres años y dárselos a mis seres más queridos, como un souvenir de una etapa. Ese círculo era mi familia y mis amigos mas cercanos.

Después por cuestiones técnicas -como que no te imprimen menos de 500, por ejemplo- fue cambiando de escala. Y más tarde, por una cuestión financiera -me quedé sin mi principal cliente, por ende menos ingresos- tomó un cariz más público: eran los propios lectores los que lo harían posible comprando algo que aún no existía.

Cuando recuerdo que en el origen era para ese círculo pequeño y amado es cuando me pongo más triste. Porque hay personas en él que ni se asomaron al proyecto. Algunos con excusas, otros en silencio, otros con lisa y llana indiferencia (algo más parecido a la sinceridad, por lo menos).  Este viernes, cuando lo presentemos, del lado de la mamá del autor voy a sentir varios agujeritos, y me voy a esmerar para que Tomi no los registre. La verdad que me duelen y no sé bien cómo se hace para aceptarlos. Si sólo fueran los meses de tiempo, dedicación y toda la plata que puse en este sueño... me sería más sencillo de aceptar. El asunto es que estas ausencias, cuando se trata de mi hijo, me resultan hirientes.

Entonces me repito: concentrate en lo que hay. - que es TANTO-, disfrutá de eso que sí hay. "Acepto la vida tal cual es, no como me gustaría que fuera"(profe de yoga Paula dixit).

Hoy no me alcanza.

Quizá mañana cuando lleguen las 30 cajas con los libros pueda dar despliegue a mi alegría.

Ojalá el viernes pueda conectarme solamente con todo el amor que trajo este hermoso proceso.

sábado, julio 1

un día cualquiera.

Arriba a las siete. Comida para Risita, agua con limón para mí. Meditación. Preparado del desayuno, mirar como pelotuda lo hermoso que es el enano. Despertarlo. Convencerlo de que va a estar su mejor amigo en el jardín. Tomar el 42 hasta Villa Crespo. Corrida literal en la zona de Corrientes y Dorrego. Izamos la bandera, cantamos dos canciones; lo acompaño a la slaita; me vuelvo (caminando o en bondi según el tiempo). Taca que te taca con la compu. Corregir tp´s, preparar el almuerzo, recibir al enano que llega con la abuela o Gero, salir a dar clase o seguir escribiendo TODA la tarde; clase de yoga, baño (con eventual exfolicación/bótox capilar/ limpieza de cutis/ depilado..mi residuo más patriarcal), jugar con Toto a la pelota, a los "Kaikers" (unos malos que nos quieren atacar) o a la pijamada con fogón ficticio y cuentos de terror; bañarlo; preparar cena con vino y los Románticos de la 100 (mi glorioso momento); sacar del agua a Toto; metemos pijama, darle de comer a Risita, acostar a Toto (cada vez más con dibus que cuentos, lo cual retrasa el sueño), decirle que lo quiero, ya dormido mirarlo embelesada, entrar ropa del tender, chequear el cuaderno de comunicaciones, lavar los platos, apagar caldera, preparar la ropita para el jardín mañana, sacarme el maquillaje. Vuelta a la compu para finiquitar laburo hasta las 12. Leer algo, o pispear el Instagram y el FB. Dormiiiirrrrr.

sábado, mayo 27

soñar, proyectar, manifestar.

Siempre me asustó la palabra. "Proyecto". Ohhh. Sonaba como a cosa lejana para gente "creativa", emprendedora, ejecutiva. Todas palabras que sonaban grandes y remotas

La palabra que viene antes es "sueño". Ahhh. Colmo de la cursilería. Un sueño, qué es un sueño, con qué se come. Báh, déjenme con esas cosas de almanaque. A mí háblenme de esfuerzo, de traba-jo, de mérito. De eso sí sé. De fuerza de voluntad, de garra y aguante. Un doctorado puedo darte, mirá.

Ambas ideas me generaban rechazo por miedo. Liso y llano miedo. ¿Quién era  yo para soñar, después de todo? Pero de a poco empecé a identificar algunas imágenes que volvían recurrentes sin ser recuerdos. "Ah, esos serán los famosos sueños", me dije entonces.

Los boceteé, coloreé y texturicé en mi cabeza. Después los verbalicé, los escribé, los medité. ¡Hasta hice collages!

Un día, por ejemplo, imaginé que podía poner todo eso tan lindo que decía mi hijo Tomás entre dos tapas; como para regalárselos a sus seres queridos. Un souvenir de una época. Entonces lo imaginé ilustrado. Y le pedí a Seel que lo hiciera. Y lo imaginé con el papel de la revista Limonada. Y hablé con la imprenta que la hace y le pedí presupuesto. Menos de 500 no imprimimos. Ok, que sean 500. Pero te sale casi lo mismo que mil. Y bueno, hagamos mil. Mi mamá, oyendo mi entusiasmo y al tanto de mi limitada situación financiera. me aseguró el capital inicial. El proyecto se fue haciendo paso a paso. Una semana esto, a la semana lo otro, a la siguiente otra cosa. De repente, pum, tenía un producto,una creación, algo nuevo, el #LibrodeTomás que pronto estará en el mundo. Ese pequeño proyecto -que me animé a hacer porque sólo oficio de puente entre Tomás, Seelvana y el mundo, porque no obtengo lucro, porque nace desde el amor puro- me sirvió para entender la dinámica de la cosa.

Ahora estoy amasando nuevos sueños, nuevos proyectos, que me llenan de ilusión. Algunos a largo plazo y otros no tanto. Uno de ellos es mi novela. Porque ya me siento quién para tener mi propio libro. Y no por este premio o aquel. Y tampoco porque haya desacralizado lo que es publicar (que también pasó). Sino porque -como le dije a una ex estudiante brillante- tener un don - es decir, algo para poner en el mundo-  y no manifestarlo, no es un acto de modestia, sino de mezquindad. Si te guardás eso único que te define, le quitás a la humanidad una oportunidad de transformarse.

Sí, el mundo es de los soñadores, creativos, emprendedores que se animan a concretar. Pero no son una elite, eh? No hablo de gente onda Steve Jobs, eh? Hablo de mí, de vos, de nosotros.


Pd: Gracias al Telar de los Sueños, a mis notas para Ohlalá, a mi compañero diseñador- realizador, A Mati y Prem Baba por abrirme los ojos en este aspecto.

sábado, mayo 20

siempre llegué tarde a todo.

siempre llegué tarde a todo.
Siempre llegué tarde a todo, o a casi todo. O siempre tuve la sensación de llegar tarde a todas partes.
Porque me bauticé a los 10 años, porque me perforé las orejas a los 11. Porque fui la última en desarrollarse (qué palabra, eh?). Porque era la última que elegían para el equipo del Matador. Porque fui la última en usar corpiño, y en ponerse un bikini. Porque tardé en besar, porque tardé en tener mi primera relación sexual.
Me tomó 20 años tener mi primer novio. Llegaba tarde a todas las modas. Siempre alguien iba adelante, con más cancherez y aire de autoconfianza. Me tomó unos 21 años amigarme con el ejercicio físico. Recién a los 28 aprendí a nadar.
Llegué tardíamente al deseo de ser madre. Cuando ya estaba embarazada pero no lo sabía. Tardé en adaptarme a ese nuevo ser, extensión del mío, parte dependiente en mis días y mis noches. Me tomó tiempo adaptarme al cielo y al infierno del puerperio.
Tardé en aceptar que el amor se puede terminar; o que sólo con amor no alcanza.
Aprendí recién ahora de qué se trata el amor con desapego.
Llegué tarde a confiar en mi escritura y a publicar mi primer cuento.
Me tomó años de grabador en REC sentirme quién para indagar la vida de alguien.
Me tomó años de pararme frente a una clase sentirme quién para enseñarle algo a alguien.
Tardé como 35 años en aprender a decir no.
Tuve que ser mamá, para cuidar mi salud con más responsabilidad. Cuidarme por alguien más. Y tuve que ser mamá para aprender a hacerle caso a mi intuición.
Llegué tal vez tarde a confiar en mis sentimientos, que no están bien, ni mal; no son verdaderos ni falsos; justos o equivocados. Son.
Me tomó todo este tiempo escuchar y aceptar la naturaleza cíclica de mi ser femenino. Disfrutar de mi cuerpo, entenderlo y amarlo.
También necesité todos estos años para hacer realidad mi compasión por el sufrimiento animal.
Llegué tarde a ponerles límites a quienes pretender un pedazo de mí. Esos que muchas veces, y sin proponérselo, actúan como psicópatas. Necesité 36 años para comprender que nadie se puede quedar con algo que vos no les das.
Tuve que sufrir mucho, pero mucho, para comprender eso de que el dolor duele inevitablemente. pero el sufrimiento es opcional. Y que la tristeza no es un mal sentimiento. Por el contrario, habla de cierta aceptación.
Recién ahora percibo mis ambivalencias, mis contradicciones, mis matices, mis exabruptos y mis claroscuros, dedicándoles apenas un desprecio que se evapora rápido.
Todavía hoy me comparo. Todavía hoy juzgo y pre- juzgo. Más seguido de lo que quisiera.
Todavía hoy me culpo por casi todo.
Pero escribiendo esto, - hoy que estoy parada acá, despierta a la vida- pienso que hay una diferencia entre "tardíamente", "tarde" y "demasiado tarde". Y me pregunto si además todo eso no es una ilusión; otro juego de mi mente. Si no será que cada cosa demoró lo que tuvo que demorar y duró lo que tuvo que durar. Como las frutas que caen cuando están maduras, por su propio peso. (y no culpan al viento cuando las arranca antes).
Quizá no soy la mina que siempre llega tarde a todo: tal vez soy sólo Cecilia, en su única y posible existencia: ésta.

domingo, mayo 7

pst...

¿Están ahí, todavía?
Quería contarles que ayer casi cerró el ciclo de mi cuento "Un labial rojo". Fue en la Feria del Libro. Practicando un poquito antes se me anudaba la garganta, y se me llenaban los ojos de lágrimas. Y lo mismo pasó una vez ahí, pero pude avanzar sin que me ganara la emoción.
Sólo estuvo Noe, mi amiga eterna, y Laura, mi analista, que propuso venir sin que la invitara, y que vino sin que la esperara. Dos personas que son pilares de mi existencia en los últimos diez años.
También llevé el labial rojo en cuestión, al que -viejito como es- hay que meterle el dedo para sacarle algo de color.
Fue perfecto.
Hoy publico para ustedes ese cuento que en su momento leyeron por entregas y en tiempo real. Y ahora sí, ya está. Le ponemos moño a toda esa historia, y vamos por todo lo nuevo.


Un labial rojo

Es sábado, es otoño, tengo 26 años y estoy sola­. En tardes como ésta me siento rebotar contra las paredes de mi monoambiente. No sé si le temo más a esta soledad o a la autocompasión que empieza a inspirarme.
Está por anochecer y cae una leve llovizna cuando enfilo hacia Cabildo en busca de gente moviéndose, librerías bulliciosas, olor a café y garrapiñadas*, una película para ver. Paro en un Farmacity, me acerco a la góndola de maquillajes y me tomo unos cuantos minutos para elegir mi primer lápiz de labios rojo. Lo hago con detenimiento. Necesito dar con el tono justo. Examino: carmín, coral, carmesí… Todo suena a declaración de principios. Me decido por el Sangría Ice, intenso y cremoso. Al salir con mi nueva posesión me siento equipada para lo que venga.
Sigo camino en medio de la tarde cada vez más oscura y fría. En un quiosco compro un paquete de gomitas* de eucalipto y una Paso de los Toros*. Después cruzo al Arteplex*, que proyecta su luz menta sobre la avenida. Saco una entrada para una película* italiana que dura como tres horas. Mientras subo las escalinatas hasta el baño, advierto que junto a tres jubilados constituimos todo el público de la sala. Ya frente al espejo e iluminada por un tubo fluorescente, tomo el lápiz, le arranco el código de barras y me lo paso por los labios dos veces. Lo hago con cierta exageración torpe, casi melodramática. Todo lo que quiero es un rojo escudo para mis ojos, mis facciones. (Tal vez, pienso ahora, mi mirada y mis emociones).

Con los días compruebo eso que leí por ahí de que el rojo en los labios retiene las miradas como tres segundos más que cualquier otro color. Debe ser que me lo tomo demasiado en serio porque ahora, al otro lado de la mesa en el restorán peruano de la estación Echeverría, mi amigo Federico me observa con ojos divertidos. Pone entre dos dedos una servilleta de papel y la extiende hacia mí:
− ¿Qué?
− El labial, sacate un poco – Dice, y ríe.

A los árboles ya no les quedan hojas cuando con mi amiga Ana armamos plan para la noche del viernes. No me siento del todo linda. Me pongo un vestido amplio dentro del que moverme cómoda, medias negras y un par de botas. Suelto los rulos y remato con mi labial nuevo. Salgo. Nada indica que esta noche va a nacer mi gran historia de amor.

Pasan semanas y noto cómo de a poco el rojo se vuelve talismán de nuestros primeros encuentros: augurio y garantía de sus besos. No me preocupa que el color se pierda entre sus labios y sus Cuba Libre*. No hay relojes, ni deberes, ni cansancio. No hay diferencias, sólo afinidades. No hay capricho, sólo necesidad. Hay un ir y venir entre el living con sus discos y tragos y la habitación, con su cama deshecha y sus persianas bajas. Lloro de miedo y belleza al comprender que estoy enamorada.
Después, sin saber cómo, las madrugadas elásticas van cediendo territorio. El tiempo - el nuestro- se empieza a medir en meses. El vestido deja su lugar al jean, el taco a la zapatilla, el labial al brillo transparente. Ahora mismo, por ejemplo, miro la foto en el Podestá*. No recuerdo el cumpleaños de quién era. Lo abrazo, perfectamente maquillada, los ojos brillantes, los labios sonrientes. ¿En qué momento eso que era imprescindible se vuelve excesivo?, me pregunto. Se pierde en seducción pero se gana en complicidad, me contesto.
Llevamos viviendo juntos un año cuando en nuestro viaje a Nueva York compro un lápiz de labios más moderno. De un lado tiene líquido rojo, del otro un gel transparente para fijar el color. Es inquietante cómo en el neceser los maquillajes se corrompen. Ese que en la publicidad se veía único y que en tus manos refulgía novedad, ahora es uno más, vacío hasta la mitad, con la tapa rota, el plástico antes transparente manchado con sombra de párpados. Uso el nuevo labial la noche que - aún allá - me propone casarnos. Lo pierdo antes de volver.

Peleamos mucho, pero celebramos puntualmente cada aniversario. Los primeros con regalos, brindis y cartitas. Los últimos son cooptados por la inercia y la pereza. Para qué desempolvar el juego de la conquista, para qué ponerse el disfraz si en un par de horas vamos a ser los mismos: mismo vos, misma yo. Hay un retaceo bobo en esta disyuntiva entre celebrar el amor o dejarlo donde está. Y después, ya siendo padres, hay un recién llegado que puede volverse coartada perfecta para la mezquindad amatoria.

Llevo un año en mi rol de mamá en el que maquillarme es tapar mis ojeras. Puestas así una cosa parece consecuencia de la otra. Pero en realidad estoy ojerosa porque estoy cansada. Estoy cansada porque duermo mal y lloro mucho. Y si nadie se pinta los labios para gritar cosas feas yo no soy la excepción. Los alaridos furiosos e impotentes se abren paso entre mi boca desnuda y reseca. Estoy rodeada de marido, hijo y mascotas pero me siento desprovista como en aquel monoambiente a mis veintitantos. Miro el viejo labial. Pasaron siete años y está tan gastado… el lápiz y todo alrededor.

Como le debe suceder a toda pareja que se quiso mucho se nos concede un último encuentro pleno. Acontece en un restaurante cálido y chiquito sobre Avenida de los Incas. Hay una vela encendida y tomamos vino. Nos decimos cosas lindas, nos miramos con entusiasmo y deseo, reímos con lágrimas. La puerta de nuestra historia se entreabre para recordarnos eso que de vez en cuando podíamos ser. Pero en el amor, está claro, no es lo que habría sido ni lo que debería o podría ser. Es lo que es.

With a smile in your face and a tear right in your eye, canta, tiempo después, Mick Jagger a través de los parlantes del auto. Anochece el domingo y con la cara todavía llorosa lo sé: es la última vez que los tres vamos como familia a algún lado. La última que viajo como la esposa a la derecha. Lo comprendo con una de esas certezas agridulces donde se mezclan la aceptación y la tristeza. Por alguna razón la canción me hace sonreír. Shine a light: una luz que brilla. Mi sonrisa se expande mientras, a través del vidrio, veo pasar la ciudad oscura.
Pero la palabra aletea y se posa sobre mi relación, mi matrimonio, mi amor. “Fracaso”.

Tal vez la que fracasa es la idea del para siempre, pienso, mientras me paro frente a un espejo en la planta alta de mi casa. Le sostengo la mirada a esa que está ahí. Está a cara lavada, flaca y extenuada. El pelo apagado, los ojos pequeños sobre dos surcos violáceos. Estoy a punto de darme vuelta para no verla más, pero por alguna razón ella decide soltarse la melena y desordenar sus rulos con las manos. Nos espiamos de costado. Arquea las cejas. De pronto pesco un brillo cómplice en sus ojos.
− ¡Estás ahí! − Le digo.
Ella no me contesta, pero sonríe, y con la cara bañada en lágrimas se sienta a escribir una larga carta de amor y despedida. “Perdoname, amor de mi vida. Perdoname por soltarte”, termina.
A la noche, ya reunidas – la espectral y la que consigue oír una musiquita vital a lo lejos – nos acostamos entre unas sábanas que nos envuelven y acarician como si nos esperaran hace tiempo. Dormimos con la serenidad del cansancio más profundo.
Por la mañana me saco fotos sin maquillaje y me animo a subirlas a mi WhatsApp y mi Facebook. Horas después algo me impulsa a mostrarme menos desprevenida. Entonces voy por un labial rojo y nuevo.