viernes, noviembre 13

el paraíso existe.

Muy seguido en Sosloqueamás aludo a ese período, corto pero fundamental en mi vida. Y no sé si alguna vez fui a fondo en contarlo. Me anticipo al perfume de los tilos, me anticipo a esa nostalgia - por llamarla de alguna manera, porque en realidad como palabra se queda muy corta- y me decido a ponerle palabras a ese lugar dónde está de verdad mi estrella, el cielo para mí.

Está -y lo digo en presente porque aun 25 años después es así, y supongo va a ser siempre así-, en el conjunto de siete años  que van desde que empecé a memorizar cosas hasta la separación de mis papás. En ellos encuentro mi tesoro, mi capital, mi valijita de herramientas para no caer, para no descreer, para soñar.

De ese período, en el que viví en dos ciudades y tres o cuatro casas; fui a dos jardines y una primaria; el último tramo fue el más feliz de todos.

Vivíamos en un barrio de calles y veredas anchas que por la tarde olía a pasto recién cortado.  Muy cerca teníamos el mar. Había para mí, y todos los días,  una mamá que me buscaba a la salida de la escuela y un papá que volvía con su traje de trabajar. La casa olía a pan de carne, a churrascos, a tostadas o torta de limón. Papá se sacaba el traje y se ponía a trabajar en la construcción de las habitaciones de la planta alta. Mamá le cebaba mates. Los recuerdo juntos leyendo y riendo en la cama con las ocurrencias de Dolina. Los recuerdo desnudos y enredados una tarde que me dio por entrar a ver qué hacían los grandes cuando se quedaban solos. Los recuerdo dejándonos al cuidado de mi abuela para irse de joda un sábado a la noche.

Eran compinches los viejos. Cuando viajábamos escuchábamos los cassettes de Les Lutthiers, que ya sabíamos de memoria. Y mi viejo no chistaba cuando mi mamá metía uno de Whitney Houston. Y si no cantábamos todos las canciones de la Novicia Rebelde. Les gustaba acampar. Un verano nos fuimos un mes con la carpa al sur de Brasil. En mi vida volví a tener ese bronceado, y esa seguidilla de días felices.

Los viernes estaban de acuerdo en que comiéramos con tele y Coca Cola. (El otro día miraba una botella de litro y me preguntaba cómo nos las arreglábamos los cinco con ese centimetraje cúbico). Veíamos Alf, o una peli en VHS.

Eran compinches también para sorprendernos. Como cuando compraron la videocassettera y nos esperaron a la salida de la escuela con pequeñas entraditas hechas a mano para la función de "La historia sin fin" que tendría lugar en el living de casa. O cuando nos dejaban cartitas firmadas por los Reyes Magos, en las que, con letra deformada, contaban historias desopilantes.

El mundo entero funcionaba bien. Yo sabía dónde me acostaba y dónde me despertaba. Sabía que las mañanas olían a la colonia y la espuma de afeitar de papá y que sonaban los jingles de Cabrales en una AM. Sabía que tenía mis hermanos, mis perros, mis gatos, mi escuela, mis vecinos del barrio. Tenía mi jardín delantero, y el parque de atrás, con limonero y cerezo.

Sabía que los fines de semana la casa iba a abrir sus puertas para los matrimonios amigos con sus proles, y que entonces íbamos a ir en el auto a comprar pizzas, y después los grandes iban a a hacer rondas de Jodete con todos nosotros circulando por la casa hasta que cayéramos en el sueño con la cabeza contra el pecho de mamá o papá.

Sabía que iba a ver excursiones a la playa en invierno o verano. Las primeras abrigados, y con cañas de pescar. Las segundas con baldecitos y el olor al Sapolán de mamá.

Sabía que podíamos ir a comer afuera de vez en cuando. Entonces me ponía los taquitos, fuera para ir a la pizzería Los Changuitos, a la cantina Don Gennaro o al que papá llamaba "el bolichón azul".

Sabía que muchos sábados - o domingos- los pasábamos en la granja de los Piscitelli, en la Sierra, con olor a salvia y romero, con gallinas a las que les sacábamos los huevos y conejos a los que les espiábamos la caca en bolitas.  Y que otros, los de verano, nos íbamos al camping de los Casineros, con los Romano Cuenca, o al de los Judiciales en Miramar. Esos días de campamento se suspendían las reglas, los horarios, los recorridos habituales. La vida era una fiesta.

Sabía también que toda gracia era bienvenida y festejada. Fuera un dibujo hecho en la escuela, un cuento escrito a máquina de escribir, o una de las tantas funciones que armaba, de payasos, títeres o casas del terror. Mamá y papá parecían de acuerdo en celebrar nuestra creatividad ahí por dónde apareciera.
                                                                                          .  .  .

Me cuesta rastrear por dónde se fue derrumbando todo aquello. Recuerdo sí esas ocasiones en que -como síntoma del malestar- el menú era fideos con manteca. Mamá con gesto amargo sin levantar la vista del plato. Recuerdo también que un día discutieron, y ella le pegó con un trapo de piso, y que él lloraba. Ah, y también la voz de locutor de Elvio, preguntando por mi mamá al teléfono. No mucho más.

Después saltamos a la tarde en que el viejo nos esperó a la salida del colegio con dos Havanna para cada uno y yo ya supe que algo tendría que estar muy mal. La imagen de mi vieja desnuda en el baño después de una ducha; mi fijación con  los pliegues de su abdomen. La voz solemne de mi papá en la cocina. Mi golpetear en la mesa con un manojo de llaves.

Abrevar. Esa es la palabra que me viene a la cabeza cuando pienso en mi relación con aquellos años. Como un surtidor de agua y alimento eternizado en el tiempo.

Hoy, con 34, a punto de divorciarme. Hoy que lloré cuando cerré la puerta de calle y Tomás ya no estaba dentro. Hoy abrevo ahí para seguir apostando a que el paraíso existe.