viernes, noviembre 27

siempre que llovió paró.


(Y siempre que paró, llovió). "¡Ojalá los tilos estuvieran en flor todo el año!", exclamé antes de salir de casa. Pablo me dijo algo así como que si estuvieran en flor todo el año ya no sentiría su perfume. "Bueno, que se extienda un poco más. ¡Más pan dulce y tilos!", dije, pero el guacho me dejó pensando sobre la duración de las cosas y sobre su valor por oposición.
Él mismo más tarde me terminó de completar la idea. "¿Por qué nadie dice que siempre que paró llovió?", se -y me- preguntó. "Quizá la normalidad no sean los días soleados". (Sí, los rubios filosofamos a veces).
¿La vida es, como dice Lacan, sólo soportable a pura negación de la muerte? ¿O es que la certeza del final vuelve más interesantes nuestros días?
Entra perfume de tilos por mi balcón y llueve, y sé que dentro de unos días ese perfumito se habrá ido pero habrá más sol. Quizás un día no haya ninguno de los dos. Pero me quedo contenta sabiendo que va a ser así.

miércoles, noviembre 25

de las cosas que se hacen con amor.


Definitivamente, cuando vas creciendo, definís qué te gusta y qué no. Y lo decís sin vergüenza. Estoy lejos de tener que demostrar -como podía pasar en los años de facultad- que sólo soy un cerebro carente defrivolidad. Bueno. Lo que más me gusta son las personas. Las historias de esas personas. Me gusta observar, conjeturar... aunque muchas veces la pifie! Y ese vicio lo despunto a diario en mi trabajo.. pronto me soltaré a contar más, supongo. Después, o antes?, no sé por qué hay que ordenarlos, la música. Música como mi Santa. Música como mi tatuaje. Música como la pila de discos que quise comprar y jamás bajar en mp3. Música como la que oigo ida y vuelta al trabajo. Música como la que me acompañaba con pucho encendido en el balcón, y que hoy me acompaña sin pucho pero con un balcón bellísimo. Música como la que recomendé siempre en este blog. Música como Los Beatles, Bob Dylan, Radiohead, U2... Aretha...
También me gusta la moda. Mucho. No me deliro el sueldo en prendas de marca, pero disfruto de verla, de estar al tanto. Un poco como las confesiones coquetas de mi amiga Agus Petit Alcorta.
También, esto lo saben quienes me conocen más, (y el que tiene la fortuna -y a veces desgracia- de degustar mis creaciones), amo la cocina. Por eso ahora voy a subir algunos links de recetas y de lugares donde comer rico ¡Estén atentos! Uno se lo tomo prestado Noe. Es de alguna fanática vegana, pero está muy bueno.
Todo lo lindo hecho con pasión -sea literatura, periodismo, humor gráfico, música, ropa, comida o cualquier otro objeto- me inspira, me genera admiración y me alegra el alma.
Por eso de ahora en adelante habrá una serie de links de CEV... cosas que ensanchan la vida. Podrá ser una cantina perdida de comida peruana, el blog de una shopahólica o la más top de las cupcakes neoyorquinas. Pero en todas, les aseguro, encontrarán vestigios de amor. Mucho amor. ¡Prueben, y después me cuentan!

jueves, noviembre 19

vida virtual.

Chica 1 y chica 2. La ex del novio de chica 1 vende objetos que él le regaló por Internet. "Regalos de un ex", aclara como argumento para la operación de venta. El actual de chica 2 dice en Facebook que "le gusta" foto sexy de chica 3 que desconocemos y busca infartar a contactos -y novias de contactos- con sus poses sensuales. Chica 1 pide ayuda por chat, entre otras cosas porque no sabe ella misma qué hacer con los objetos que le regalaron sus propios ex. Chica 2 envía sms de reclamo a novio que no obtiene respuesta. Los problemas que trae el mundo web ¿son también virtuales o tienen correlato en nuestras vidas de voces, miradas, palabras, carne y hueso?

salven a las palabras.


World Words Foundation anuncia que "gracias-denada-salud-hola-hastaluego-permiso-disculpá" son palabras en franco peligro de extinción. Buenos Aires es una zona de alto riesgo y hasta están planeando embalsamar a un par de ejemplares para exhibirlas en un museo para las generaciones futuras que se habrán criado sin ellas.

domingo, noviembre 8

saturday day live.



Sábado 7. Amanecemos con sol y con la sensación de que aunque quedan menos de 48 horas, hay mucho por venir. Para hoy, Pablo preparó un cronograma que incluye paseo por el Upper West Side, en especial el Central Park, porque el día de la maratón no habíamos podido disfrutarlo bien. Desayunamos en un cafecito cerca atendido por un hindú. Pablo se saca el gusto con un bagel que tiene, según este Apu del Greenwich Village, "everything" y además lo rellena con queso crema. Yo me tiento con uno de los muffins "fat free" que por su tamaño, calculo, la que va a quedar fat soy yo. Entra un señor muy gracioso. "Bon jour", saluda, y pide "a expreso, plis". Ante la primera pregunta de Apu, lanza "I don´t speak english!!" Después, un poco más simpático, cuenta que es marroquí y lo viene a buscar una francesa buena onda. Tomamos el subte y desembocamos perfectamente en el comienzo del Central Park, justo donde está la Trump tower y el Time Warner Center. (Nuestra performance en el transporte público fue impecable, aunque no soy yo quien se puede adjudicar los laureles, je).
En Time Warner entramos a una librería (buscamos la novela "Jazz" para el papá de Pablo) y escucho muy bajito "Moon River". Se me llenan los ojos de lágrimas. "Es MI tema", le digo a Pablo, "qué loco que lo pasen acá, no es un hit que suene en las radios". Conseguimos el libro (despachado por un pibe bastante taradito) y seguimos camino hacia el parque.
Buscamos la casa donde Pabli paró en su visita de 2001. Su precisión me deja pasmada. "Es ésta!", dice de golpe, y acto seguido suelta "aunque en realidad era en la vereda de en frente". "Blanca o bordó?", le pregunto, intentando achicar posibilidades. "No me acuerdo...". "¿La calle?", arrimo. "No sé si era la 69 o la 79". Mejor enfilar hacia el mosaico de "Imagine", que sigue donde estuvo desde el principio, justo frente al Dakota Building. Del grabador de un hombre parado allí sale "Strawberry fields" algo saturada, pero que viene bien. El mosaico, a mí, la verdad, no me dice mucho. Sí me gusta el bosque de más de cien especies de árboles de todo el mundo que Yoko le dedicó a su John. Del brazo, y tarareando, nos alejamos por los campos de frutilla, y cruzamos algunas ardillitas a nuestro paso. Encontramos un pequeño castillo que alguna vez funcionó como observatorio climático, un campo verde donde las parejas se miman y los nenes practican béisbol con sus papás; y, lo más lindo, el llamado "bow bridge" sobre el lago, en donde el sol se ve radiante y los colores cobrizos, verdes y amarillos de los árboles contrastan con la hilera gris de los edificios al fondo. Cerca del puente encontramos un mirador de madera. Desde ahí nos quedamos junto al lago mimándonos y haciendo planes 2010. Más adelante, entre los senderos, vemos aparecer unas rocas "techadas" con árboles otoñales. También ahí hacemos una parada panza arriba. El silencio sólo se interrumpe por el fluir del agua y por las copas de los árboles agitadas por el viento norte. Almorzamos en "Boathouse" (un restorán sobre el lago, el mismo donde Carrie y Big se caen al agua). Caminamos hacia la salida oeste del parque y vamos hacia el Lincoln Center (el mismo donde Carrie se desmaya en brazos de su novio ruso). la fuente es hermosa, y está dedicada a la memoria deun hombre. Pablo observa qué lindo "que después de muerto te dediquen algo tan lleno de vida". En el gift shop de la ópera -sub y mal atendido por dos empleados- le conseguimos regalo a Susana. Emprendemos la vuelta en subte. Justo cuando bajamos, del otro lado del andén, alguien toca Moon River en su guitarra. "¿Te das cuenta amor, de que si nos tomábamos el siguiente tren no la hubiéramos escuchado?". Este viaje por momentos parece orquestado por un par de manos mágicas y bonachonas.
Caminando al anochecer por nuestro barrio elegimos un lugar en donde celebrar nuestra última noche. "La cena romántica", ya saben. Vemos un restaurante en desnivel que nos atrae inmediatamente. Se llama "The Place". Reservamos con dos tipos muy mariposones. El primero de ellos nos "mide" de arriba a abajo. "Hm, estamos crotos", pienso. "Pero a la noche me vengo con mi vestidito nuevo de seda y ya a va a ver". Pablo se va a casita a limpiar y ordenar para hacer el check out con nuestro anfitrión Ben y yo hago escala en el Urban Outfiters decidida a encontrar un abrigo para la noche. Por más que recorro los dos pisos una y otra vez, no lo consigo. Me vuelvo apurando el paso, frapuchino en mano (y con carterita nueva, jeee!). Ya en casa nos preparamos para una de las noches más hermosas e importantes de nuestras vidas.

sábado, noviembre 7


Two drifters, off to see the world
There's such a lot of world to see
We're after the same rainbow's end
Waitin' 'round the bend ...
My huckleberry friend,
Moon River, and me.

jueves, noviembre 5

what´s going on.



Jueves 5. 7:15: Pablo está despierto otra vez. 8:30: me levanto con el ruidito de sus dedos sobre las teclas de la notebook. Escribe la crónica de ayer. Un té verde prestado y salimos rápido a la calle. A pesar del pronóstico del New York Times no llueve. Pasamos por el Soho (South Houston) y llegamos a Tribeca (Triangle Below Canal Street) –acá todo tiene nombre de siglas cancheras. Damos algunas vueltas por el barrio de Robert de Niro pero no encontramos la movida. Quizá porque son las diez y media y todos los locales abren después de las 11. El barrio en sí mismo no nos dice mucho, aunque nos hacemos de un taxi de juguete. Lo mejor de la zona son las donas que nos comemos con sendos cafés con leche (primeras donuts del viaje!). Entramos al Community College of Performing Arts abrigando cierta esperanza de encontrar algo, pero tampoco aquí hay nada. Entonces Pablo propone cruzar un puente y encarar hacia el río Hudson. Los rayos del sol se filtran entre las nubes y rebotan en este espejo celeste que es casi un mar. Lo bordeamos en dirección sur hasta el Yacht Club, atravesando parques verdes y floridos. Pensamos que uno de los secretos de Nueva York es que, estando en cualquier punto de la ciudad, en diez minutos podés escapar a alguno de sus ríos; no olvidemos que esto es una isla. Volvemos a meternos en la ciudad a través del Winter Garden, uno de los pocos resabios del World Trade Center. Después atravesamos una vez más el Ground Zero y la imagen de ausencia sigue siendo igual de impactante (sobre todo para Pablo que había subido a las Torres un mes antes de que las tiraran). Tras una recorrida breve por las casas de electrónicos en Fulton St. llegamos al encantador barrio del Pier 17 (uno de los varios puertos que rodean la isla que fue convertido en centro comercial al aire libre). Escala de pizza al estilo “Chicago” –algo en la masa, no sabemos bien qué, quizá que era medio crudencia-. Desde el muelle miramos hacia el puente de Broolyn, cada vez más soleado. Creemos que es aquí cuando me desprendo de mi nuevo paraguas, que ni siquiera llegué a estrenar (y no me alegro para nada por quien lo haya encontrado). Seguimos viaje en una tarde cada vez más fría pero a la vez hermosa. Decidimos ir a comprar entradas para los musicales de Broadway, que se consiguen con descuento en un local de Times Square llamado Tkts. Tomamos subte, nos ponemos en la cola y cruzamos los dedos para que lleguemos a las del Fantasma de la Ópera antes de que se acaben. El anhelo se cumple.. ¡La función será a las 8!!! Después Pablo hace el show del baboso frente a un grupo de modelos larguiruchas (acota que “tenían bastante carne”). Nos sentamos en las escaleras rojas con vista a los carteles multicolores y esperamos a que anochezca. Por error, caminamos varias cuadras bajo tierra sin saber que ese recorrido podíamos hacerlo en subte. Tomamos el A hasta 4 West y llegamos a casa. Otra vez felices y cansados. En 2 horas nos espera El fantasma de la Ópera.
Al igual que en el show del Madison del viernes pasado, cualquier descripción sería un intento fallido por contar lo que vimos y sentimos. Simplemente, emocionante y espectacular. A la salida nos sorprende el viento norte y huimos hacia el subte. Abajo nos espera un guitarrista negro que tiene tooooda la onda. Él y su guitarra nos conmueven. Aplaudimos, cantamos y bailamos hasta que llega nuestro tren. Las puertas se cierran y él canta su versión de What´s going on mientras nos alejamos de la estación. Pablo sonríe apoyado contra el vidrio de la puerta. Nos abrazamos. MÁS CRÓNICAS EN: www.mechupindingui.blogspot.com

miércoles, noviembre 4

3th rock.



Martes 3. El trayecto comienza a media mañana. Una vez más, nos preparamos para caminar, y caminar. No hay caso, en esta ciudad el chill out panza arriba se contradice con las ganas de conocerlo todo. La 5º avenida está soleada y la recorremos limonada en mano (supuestamente es casera pero tiene gusto industrial). En una placita nos llama la atención una ardilla, y una señora local nos interpela medio enojada ("Why do you like those? They are rodents!") Le decimos que es porque en Argentina no hay de esas. Después nos cuenta lo caro y difícil que puede ser vivir acá. Buena onda la sra... Llegamos al lado Este del Central Park y sacamos entradas para el zoo (el de Madagascar, sin Gloria, Melman ni Alex, pero con unos Skipper y Kowalski divinos!!). Almorzamos en el café del zoo, muy mala onda, pero con unos wraps de atún muy ricos, y nos adentramos al parque. El paisaje es bien otoñal. Los árboles pierden sus hojas amarillas y coloradas. Silbo Moon River, de Henri Mancini que va perfecta con esta caminata. Hay bandas de jazz, un chelista increíble, un dúo con instrumentos australianos y hasta un titiritero entreteniendo a los más chiquitos... Vemos el sol anaranjado sobre un lago hermoso y tiramos una bellota a una fuente llena de water lillies -como las de Monet- con el deseo de volver a visitarla alguna vez. Hacia las 4 ya empieza a caer el sol y es nuestra intención ver el anochecer desde la cima del Rockefeller Center (paseo conocido como "Top of the Rock" que rivaliza con el Empire State, aunque el primero es mejor justamente porque deja ver al segundo, siempre imponente). Pagamos los 21 dólares de la entrada (uno de los paseos más caros hasta ahora) y después tenemos un pequeño inconveniente a la entrada: no nos dejan ingresar con la Victorinox de Pablo pero tampoco nos la quieren retener hasta que bajemos. El negro tiene cara de pocos amigos, así que decidimos dejarla afuera en un escondite y volver a subir. Ceci se angustia un poco por el mal trago, pero enseguida pasa. El lugar es increíble. Un ascensor nos sube los setenta y pico de pisos en sólo segundos mientras proyecta imágenes en el techo. Ya rriba vemos los ríos a cada lado, el Central Park, los edificios con sus luces encendidas... es hipnótico. Pese al viento nos quedamos largo rato.. Es un momento inevitablemente -gracias a Dios- romántico. Pablo pregunta "¿Te gustó más el puente Brooklyn, el Central Park o esto?" No logro elegir. Por estos días todo desborda belleza. Bajamos y -previa recuperación de la Victorinox- caminamos hacia la 5º Avenida, donde tomamos el M3 que nos lleva a casa. A la noche hace frío, pero nos espera un hogar a leña y unas quesadillas con cervezas artesanales en Blind Tiger, un bar sobre Bleecker St. lleno de estudiantes. Pablo observa acertadamente qué bien conviven en una mesa un japonés, un negro y un rubio bien neoyorquino. Después volvemos caminando con la promesa de no decir "qué frío" ni hacer "brrr". Los dos la cumplimos. Ya en casa jugamos un Scrabble pero antes de terminar nos gana el cansancio y nos acostamos. MÁS CRÓNICAS EN: www.mechupindongui.blogspot.com

lunes, noviembre 2

maratón dominguera



Domingo 1. Pablo amanece temprano. Cuando Ceci abre los ojos desde la cama aérea, él ya averiguó –hasta se suscribió a Twitter a los efectos- desde dónde podemos ver la 40º maratón anual de Nueva York. Desayunamos con café colombiano, tostadas de pan rico y jugo de naranja y allá vamos, en colectivo, a la zona del East Side. Efectivamente por ahí, pegado al Central Park, pasan los maratonistas que alcanzaron el último tramo. “Qué grositud, cuánta voluntad esta gente”, opina Ceci. Hay cientos de entusiastas aplaudiendo y tocan bandas de rock. Es una fiesta. Un señor irlandés (acá son una colonia muy importante) se armó con un sartén un instrumento de percusión para alentar a los atletas, lleva adosado un cartel que reza “Go, go,go, you did it, marathonists”. Contra el borde de cemento del Central Park, Ceci se hace su tercer moretón (y no maratón) en las piernas. Caminamos por el hermoso parque, lleno de rocas, árboles, caminos y puestos de comida. Encontramos una pista de patinaje sobre hielo instalada por el magnate Trump, un carrusel y un café que parece de cuentos de hadas. Compramos sendos panchos con mostaza picante como los chiles que se come Homero. Seguimos caminando y volvemos a interceptar a los atletas. Los hay de todo el mundo. Voluntarios y público les acercan vasos de agua que ellos se tiran para aliviar el calor (corporal, porque el termómetro marca 8 grados). Después, ya en el West Side, nos salimos del parque hacia la avenida Columbus. Suena el celular que nos prestó Noe: es el Checho desde Washington. Queda pendiente la decisión de ir a visitarlo a él y a su novia en la semana. Caminamos hasta Barnes & Noble.. En la librería (sucursal recomendada por Horacio de Dios), nos compramos libros de yoga, cocina y arquitectura, y notamos que el peso de nuestras valijas va a ser considerable a la vuelta. Ceci encuentra una bolsa en oferta de El mago de Oz. Tomamos un café en el 3º piso (Starbucks, en donde conseguir un asiento lleva unos 10 minutos) y, ya repuestos, enfilamos hacia el Dakota Building, famoso por ser la última residencia de John Lennon (afuerita nomás lo mató Chapman). Las calles están repletas de maratonistas con medallas y capas de aluminio que la organización de la maratón les dio para cubrirse del frío (Pablo se pone una para la foto y nota que está todavía empapada en sudor cuando ya es demasiado tarde). Llegamos al edificio. ¡Ahí, además de John & Yoko, vivió Judy Garland!!!! Seguimos nuestro camino, intentando dar con Strawberry Fields, dentro del Central Park, pero la seguridad de la maratón nos impide llegar. Pasamos frente al museo de Historia Natural y nos prometemos volver para recorrerlo. Cargados de bolsas caminamos bajo una luna llena y preciosa por los caminos internos del parque, oscuros de verdad, pero nunca da la sensación de estar en peligro (decimos y nos tocamos la porción izquierda de nuestras partes pudendas). Salimos en el East Side y tomamos el M3 en la 5º Avenida. En casa Ceci llama a sobrino Juli por su cumpleaños nº 7 (“¡La tía Ceci está en Estados Unidos!”) y le promete conseguirle “la mejor espada de toda Nueva York”. Después hablamos en videoconferencia con Susana –qué maravilla el Skype!- y Pablo prepara una deliciosa cena de latas Campbell´s (sí, las de Warhol) que consiste en porotos negros y minestrone con pan tostado. Ibamos a ver a Ron Carter tocar en el Blue Note, pero Pablo cae rendido y Ceci se pone a escribir estas líneas en medio de una noche silenciosa. Música no va a faltar.
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domingo, noviembre 1

beautiful day (wonderful tonight)

Llegamos en subte. El Madison Square Garden por fuera no deja adivinar su inmensidad. Subimos las escaleras ansiosos. Una, otra, otra y otra más. Nuestras piernas, maltrechas de tanta actividad, no quieren más. Nuestras ubicaciones son biiieeeeen al costado del escenario, pero muy cerquita. No podemos creer que el conductor del evento sea Tom Hanks. Habla sobre el rock and roll y no se sabe bien qué dice, pero no nos importa, porque es Forrest ahí a unos metros y porque vinimos a escuchar música! El show arranca con Jerry Lee Lewis –sí, el de Great balls of fire- que con sus 84 pirulos nos toca su hit al piano. Lo sigue Aretha Franklin, enfundada en un vestido rojo con un chal brillante, con Baby I love you, Chain of Tools y Respect, entre otros. Ceci llora apenas la ve entrar, tan regordeta y orgullosa. Empieza a asomar nuestro asombro cuando hace dúos con Annie Lennox (más hombrecito que nunca) y Lenny Kravitz (que hace un papel medio soso). La sensación de estar en el ombligo del mundo llega con “New York, New York” entonada por la mismísima reina del soul. Después llega Jeff Beck, con su guitarra implacable, sus aires ruteros y esa bajista tan grosa como joven. Invita a Sting (primera sorpresa de la noche!!) y hacen una hermosa versión de People get ready. Después es el turno de la 2º sorpresa de la noche, Buddy Guy, un mito viviente del blues, y tocan Let me love you. (Pablo feliz!!) Al ratito llega Billy Gibbons, de ZZ Top, con su barba larga y nos regalan “Foxy Lady” (de Hendrix). Cierra Jeff con su versión de A day in the life de los Beatles y da paso a Metallica, que después de tres temas que suenan compactos y potentes, invita a Lou Reed. El público corea “Louuuuuuuuuuuuuuu”. Suenan los primeros acordes de Sweet Jane y Pablo lanza un alarido de felicidad. Tocan un tema más y es el momento de la 3ª sorpresa de la noche: Ozzy Osbourne. El estadio estalla en ovación. Tocan Iron Man y Paranoid; el viejo tiene toda la onda! Después, James Hetfield, con su chiva canosa (sí, el tiempo también les pasa a los metaleros), invita a Ray Davies, el de los Kinks, que toca You really got me y All day, all of the night. Pablo recuerda sus años de bachiller desaforado. Cierra Metallica con dos temas más (entre ellos, Exit Life). Después un video emotivo enlaza a los Beatles con los Rolling Stones y con U2. Las imágenes y el sonido ponen la temperatura a punto para que entre Bono y al grito de “1, 2, 3, 14!!” y con el riff de The Edge larguen su Vértigo. Es Bono, dios, se nos cumplió el sueño de verlos (por distintas razones ninguno de nosotros los habíamos visto en vivo). Sigue Magnificent y después…….. suben Bruce Springteen (4º y hermosa sorpresa de la noche) y Patti Simth (a quien no reconocimos!!) a cantar Because the night. Ella parece perdida en la canción, así que dos minutos después la vuelven a arrancar. Después I still haven´t found what I´m looking for, U2 con Bruce. No lo podemos creer. Entonces llega el turno de Misterious ways. Felices los dos (es uno de nuestros temas preferidos de la banda). Empalman con Where is the love, de Black eyed peas y, cuando menos lo esperamos, está Fergie con toda su banda sobre el escenario (5º sorpresa). Cuando la canción se funde hacia One y, al menos para nosotros, precedido por el estallido del público, lo vemos a Mick Jagger, su mismísima majestad satánica, que ya entona Gimme shelter con Fergie haciéndole la 3º voz. Ceci grita como una condenada, Pablo -todo un profesional-, registra el momento con la cámara. Sigue Stuck in a moment –tema hermoso si los hay- con Mick y cierra U2 con la canción que resume –y cierra (¿qué más se puede agregar?) esta crónica: Beautiful Day.

crónicas compartidas III


Jueves 29. Es un día espléndido. Arrancamos con un viaje en colectivo (previa corrida monumental) hacia el downtown. Ya en Battery Park nos tomamos el ferry a Staten Island. Vista de la estatua de la Libertad, Manhattan desde el agua y su famoso perfil. Después pegamos la vuelta para volver en el mismo ferry (todo gratarola gracias a Horace of God, nuestro guía espirittual). Vuelta por Wall Street, paseíto por Tifanny, donde Pablo sostuvo en su mano un reloj que valía 75 mil dólares, hecho de oro blanco y diamantes.
Minutos después vimos por primera vez el Ground Zero, ocupado por grúas y obreros que están levantando la Torre de la Libertad. Dimos la vuelta hasta el río Hudson, bajo un sol tibiecito nos sentamos en los banquitos al lado del puerto donde está la escuela de navegación. Caminamos todo por el borde del río hasta el punto más sur de Manhattan, con una arboleda hermosa de fondo, los edificios de New Jersey del otro lado y algunos pescadores desperdigados como en la Costanera de Buenos Aires.
Volvimos a meternos en la ciudad siguiendo el camino marcado para la maratón anual del 1º de noviembre y llegamos nuevamente al Ground Zero, lo rodeamos, pasamos por el Winter Garden, y terminamos en el espacio dedicado a la memoria de los atentados del 11-S. Pablo, después de estar todo el día sin fumar, se decidió a pagar los 10 dólares que cuesta un paquete de Marlboro y se fumó orondo el pucho más caro de su vida con vista a la Saint Paul Chapel, la capilla más antigua de NY (1766), que está al lado del gran agujero que dejó el atentado (y ni siquiera recibió un rasguño).
Para “alegría” de Pablo entramos a Century 21, una mega tienda tipo Shopping toda de ropa y zapatos, un verdadero laberinto de prendas que marea por lo grande, desorganizado y mal atendido. Ceci encontró anteojos de sol y después de dar muchas vueltas nos fuimos un poco frustrados y mareados. La única mancha del día, pero al menos comprobamos que no nos gustan las megatiendas.
El M1 nos dejó de vuelta en casita y después de un descansito salimos a cenar a Dojo, un bar de estudiantes universitarios y cartelitos de neón (excelente pasta con mariscos!!!)
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